EL ISLAM Y LOS CULTOS EVANGÉLICOS (III) Las excepciones: Turquía e Irán

Pensemos en como funcionan esos cultos. Es un movimiento religioso formado por cabecillas locales, predicadores que no siguen una doctrina común ni obedecen a ninguna jerarquía central, sino que compiten por ganar prestigio alardeando de su fanatismo biblico. Unas condiciones que imposibilitan cualquier evolución. Se llaman cristianos, mencionan mucho a Jesús y ven señales del espíritu santo por todas partes, pero en realidad basan la mayor parte de sus ideas (y fobias) en el antiguo testamento, es decir, el código de leyes de un pueblo de pastores, que aceptan como verbo divino sin dudar de una sola letra ¿Suena familiar?

En los años 80 y 90 sus misioneros hicieron muchísimo daño entre las poblaciones indígenas de Venezuela y la selva amazónica. Pero eso ha quedado en agua de borrajas comparado con lo que están haciendo desde hace  más de una década en África. Ahí nunca se constituyó una verdadera sociedad civil: la descolonización dejó tierras y pueblos desarraigados, y la suma de guerras, corrupción, enfermedad y miseria han desintegrado cualquier estructura real que vaya más allá de lo local o lo étnico. Sumémosle el analfabetismo más extremo y tenemos el coto de pesca soñado por los fanáticos.

El modo de entrada ha sido la caridad, aprovechando los recursos enviados por sus benefactores en EEUU para que las comunidades más míseras acaben dependiendo de sus limosnas. Así fue como los Hermanos Muslmanes ganaron su prestigio en Egipto, pero al menos ellos organizaron verdaderas redes de apoyo social, mientras que los misioneros se aseguran de mantener la pobreza como un dogal al cuello de sus feligreses.

A eso se añade una activa infiltración en los órganos de gobierno en base a su influencia económica y social, que en poco tiempo ha logrado que las leyes jueguen a su favor. Poder político unido a poder religioso y ningún contrapeso civil. La expresión más visible de ese fanatismo es la persecución desatada contra la homosexualidad en varias naciones africanas, siendo la más sangrante la de Uganda. Y, de nuevo, las multitudes que hemos visto apalear, apedrear y quemar vivos a jóvenes homosexuales no son grupos de fanáticos extremistas. Son sus vecinos, sus amigos, sus familiares. La gente común. La moderada. Jaurías indistinguibles de las que hemos visto en países musulmanes, jaleadas no por imanes o muftis, sino por predicadores, Biblia en mano, que han encabezado el acoso sin el menor disimulo.

Sé que no bastan dos ejemplos para reforzar una hipótesis, pero creo que si dos religiones aparentemente tan distintas* como la islámica y la cristiana pueden generar situaciones tan similares, entonces sus enseñanzas, en sí, no son un problema social. El problema surge cuando las circunstancias permiten que una religión inamovible se enseñorée de la vida de un pueblo, sin un contrapeso que neutralice sus aspectos más negativos. Esa es la causa, más allá de la fe o los libros sagrados, que hacen que los cultos evangélicos y el islam puedan ser más dañinos que el resto de las religiones actuales.

Como colofón, y para demostrar que la esencia del Islam no es el problema, quiero plantear un ejemplo contrario. Dentro del mundo musulmán hay dos interesantes excepciones, dos naciones a las que las circunstancias han permitido avanzar mucho más que sus vecinos. Turquía e Irán.

En el caso turco, el trauma que supuso la caída de la Sublime Puerta en 1918 dio lugar a la creación de un estado casi laico por obra de Kemal Attaturk. Eso permitió consolidar una sociedad civil y un activo nacionalismo (con raíces étnicas) que ha sobrevivido al fin de los regímenes tutelados y al gobierno de los partidos islamistas. De hecho la influencia de esos partidos creció, no por obra del fanatismo religioso, sino por el desencanto de buena parte del pueblo turco por la falta de avances en su integración con la Unión Europea. Turquía está lejos de ser un oásis de democracia y respeto de los derechos humanos, pero está a años luz del cenagal teocrático de Arabia Saudí.

El caso iraní suma a la cuestión étnica y cultural (como los turcos, los persas jamás se han sentido integrados en el mundo árabe, y se enorgullecen de su lengua y su cultura) y un nacionalismo ferviente  un apartado religioso. Los chiítas ganaron fama de fanáticos en los años de la Revolución Islámica y el nacimiento de Hezbollá, pero en realidad forman el ala progresista del islam. En un sentido muy concreto: el chiismo sí acepta una jerarquía religiosa, encarnada en los Alfaquíes y los Ayatolas, y, pese a ser, evidentemente, autoridades muy remisas al cambio, han tenido que aceptar algunas reformas al convertirse en parte de las instituciones. Dado que sus normas no se dirigen a la totalidad del islam sino sólo al pueblo persa, incluso esas escasas concesiones han marcado un sello muy distintivo en el ismaelismo.

A esto se suma una sociedad civil urbana** muy activa, con un elevado nivel educativo, y una gran frustración entre las generaciones posteriores a la Revolución Islámica ante la falta de expectativas. El conjunto de estas circunstancias ha conformado una sociedad en ebullición, una olla a presión que, en vez de enquistarse en el fanatismo religioso, avanza, aunque sea timidamente en la dirección opuesta, es decir, hacia una apertura laicista. Se podría comparar la actual situación de Irán con la de la España de finales de los primeros 70, con la dictadura reforzando por todas partes un control que empezaba a írsele de las manos. Por supuesto lo que suceda en próximos años es impredecible, pero incluso en los momentos de mayor peso islámico, en los años inmediatos a la Revolución y durante la guerra con Irak, el chiismo iraní presentaba aspectos tan ajenos al mundo árabe como la masiva presencia de las mujeres en la universidad y la prohibición de la ablación.

Poco más puedo añadir a favor de mi hipótesis: son las circunstancias históricas y sociales lo que confieren mayor peligrosidad a una religión, no sus enseñanzas, y por eso es ingenuo presuponer que la influencia de un credo es indistinguible de otro.

¿Significa lo dicho hasta aquí que la integración de los musulmanes en nuestra sociedad es imposible? Ni mucho menos. Precisamente aquí contamos con los elementos que permiten paliar los principales peligros dela religión: una sociedad civil consolidada y educación. Pero se requiere tiempo. Y un esfuerzo consciente para no recaer en viejos errores. Los estallidos musulmanes en Francia hace una década no se debieron a un problema religioso, sino de pobreza y discriminación. Los jóvenes que incendiaron las calles no lo hacían en nombre del islam, sino furiosos y frustrados por una sociedad que les rechazaba pese a haber nacido franceses.

La educación puede ayudar a la integración de las generaciones nacidas aquí, y la legislación puede y debe asegurar la laicidad de la vida social, pero si esas mismas leyes, además de obligarles, no les amparan****, establecemos un nuevo punto de partida para el fanatismo, esta vez agravado por el desarraigo. EL desarraigo, igualmente, es el principal caladero donde echan sus redes los fanáticos evangelistas. Y aunque a día de hoy no suponen más que una anécdota pueden acabar siendo más que eso

No es bueno ignorar los problemas, pero tampoco debemos dejar que el miedo guíe nuestra forma de actuar. Sería tristísimo habernos sacudido las cadenas de la beatería católica para dejar que otros fanatismos limiten nuestras vidas.

(Una aclaración antes de cerrar el tema. No es que los fanáticos católicos, ortodoxos o protestantes no quiern controlar la vida de sus vecinos, apalear o matar a los homosexuales y prohibir a las mujeres salir de casa sin permiso de su marido (casado ante DIos, of course). Lo que sucede es que NO PUEDEN HACERLO por las circunstancias históricas, y su influencia es cada día más floja, de ahí que el creyete moderado sea, en realidad, un agnóstico mal disfrazado. SOn religiones menos peligrosas, no porque sean mejores, sino porque han ido perdiendo su capacidad para hacer daño)

* Aparentemente, porque si vamos a la raiz de sus enseñanzas, no hay tantas diferencias entre los cultos del Libro

** Digo urbana porque en el campo la situación es diferente. Algo de esperar, ya que entre el campesinado siempre tardan más en calar las reformas. Precisamente el término pagano significa en su origen campesino, y debe su significado actual a que fueron los campesinos romanos los más reacios a convertirse al cristianismo

*** Me parece perfecto que se prohíba un símbolo religioso como el velo en las escuelas… siempre y cuando se prohíban los crucifijos, las menhorás, la estrella de David… Y si no se permite organizar rezos colectivos a los musulmanes en la vía por razones de orden público, debe permitírseles usar locales adecuados. No entiendo porqué no es posible un uso razonable de las iglesias para la oración, a horas en las que no hay servicio cristiano.

EL ISLAM Y LOS CULTOS EVANGÉLICOS (II de III) El moderado inexistente

La ausencia de una sociedad laica en el mundo islámico puede no parecer preocupante, ya que la mayor parte de los musulmanes son moderados, mientras que los extremistas son sólo una minoría, peligrosa, por supuesto, pero muy reducida.

Ese punto de vista es, de nuevo, erróneo. El católico moderado en un país católico (España, por ejemplo) es el creyente no practicante, que sólo pisa la iglesia en bodas, bautizos y comuniones, y al que las opiniones o creencias de sus vecinos le vienen a dar bastante igual. No es que el catolicismo tienda a la moderación: sucede simplemente que inmerso en una sociedad civil, es decir, laica, su influencia se diluye año tras año, por mucho que la conferencia episcopal se rasgue las vestiduras. Un musulman moderado en un país musulmán vive día a día su religión, está inmerso en ella, y no concibe la discrepancia. Aceptará a regañadientes la existencia de otras comunidades religiosas monoteistas (sólo pueblos del libro, judíos o cristianos) siempre y cuando se mantengan en un segundo plano y nada atraiga su ira.

Las muchedumbres que se echaron a las calles con el escándalo de las caricaturas de mahoma, quemando, apedreando y asesinando, no estaban compuestas de  terroristas y miembros de Al Qaeda, sino de moderados, que mataron a sus vecinos cristianos porque en la lejana Dinamarca alguien publicó un dibujo. La moderación del islam es un fanatismo de bajo tono, alimentado por la tradición, la pobreza y la ignorancia. Y hablamos de una pobreza de raíces profundas, agravada por unas desigualdades monstruosas.

No siempre fue así. Entre los años 50 y 60 surgió una tendencia nacionalista laica en los países musulmanes, encabezada por el nasserismo egipcio. Este movimiento fue visto como una amenaza por Israel, las monarquías del Golfo y los EEUU, que no dudaron en sabotearlo desde dentro, apoyando económicamente a los movimientos religiosos como los Hermanos Musulmanes, una política que se intensificó en los 80 con el apoyo militar a los combatientes yihadistas en Afganistán. Por su parte los nacionalismos fracasaron (y a veces ni llegaron a intentarlo) en su intento de consolidar una sociedad estable y moderna. Tras su hundimiento, sólo quedó el integrismo. Y dado que la inmensa mayoría de los musulmanes siguen viviendo en la pobreza y la ignorancia, este integrismo carece de una alternativa real.

Eso implica que el musulmán moderado ve inadmisible y blasfema la homosexualidad, la independencia de las mujeres, la apostatasia, el ateismo, la teoría de la evolución, o cualquier cosa que vea discordante con su fe y se salga de la norma estricta del Quran. Y por añadidura el peso de la religión en la vida diaria permite justificar cualquier arbitrariedad, no sólo a nivel de calle sino incluso a nivel estatal. No es necesario ir entre los talibanes para ver algo así: pensemos en nuestro vecino Marruecos, donde la legitimidad de su tiranuelo corrupto es inatacable, ya que se le considera emparentado con el Profeta. Todo eso hace que su influencia sea más perniciosa que la de otras creencias

En conclusión, contemplar al islam como una religión más, sin entender su realidad social, es, además de erróneo, peligroso. No porque sus enseñanzas o mandatos la hagan mejor o peor que otras, sino porque una serie de circunstancias históricas y sociales han hecho del mundo musulmán un caldo de cultivo para la intolerancia.

La prueba es que podemos encontrar un caso similar fuera del mundo musulmán. Por supuesto hay cultos muy fanatizados: judíos ultraortodoxos, mormones, extremistas católicos, testigos de Jehová, literalistas bíblicos, cristianos renacidos…

La mayoría de esos movimientos pueden encontrar situaciones políticas concretas que les permiten ejercer una infñuencia en la vida civil muy superior al que les correspondería por su peso real (tenemos el ejemplo inmediato de la Ley Gallardón, cuyo único sentido parece ser el de contentar a los fanáticos que calentaron la calle a favor del PP en las últimas legislaturas socialistas), pero eso entra dentro de lo esperable en el juego político. En cualquier caso la influencia de estos grupos es local, y viven inmersos en una sociedad civil, luego no parece que sea factible establecer una comparación con el mundo musulmán.

Pero hay una sangrante excepción: los cultos evangélicos que, debido a su vocación misionera, se han extendido por Sudamerica y África. También los tenemos en nuestro país y es posible ver en vivo y en directo sus métodos de expansión. Buscan a gente vulnerable y solitaria, como inmigrantes subsaharianos y sudamericanos, o comunidades relativamente aisladas, gitanos, por ejemplo, y les prestan una ayuda aparentemente caritativa, pero que les ata poco a poco, hasta que los predicadores van organizando la vida de su comunidad no sólo en los momentos del culto sino fuera de él. Esto no funciona fuera de esos círculos ya que, como he dicho, ejercen su presión sobre gente necesitada, ya sea económica o socialmente. El vigor de la sociedad civil española y la tradición católica limitan seriamente su expansión a otros niveles, pero eso no sucede en otros lugares.

En Brasil y Venezuela, dos de sus lugares tradicionales de expansión, las autoridades han procurado tomar medidas para paliar los aspectos más negativos de su influencia (medidas fiscales, por ejemplo), pero hay países donde sucede lo contrario, y no sólo se les ha permitido campar a sus anchas sino que se les ha otorgado peso incluso a nivel legal. Países donde nunca se ha constituido una verdadera sociedad.

EL ISLAM Y LOS CULTOS EVANGÉLICOS (I) El tiempo detenido

Hay una tendencia en los ambientes escépticos a considerar la religión con una cierta relatividad: partiendo de la base de que todas son igual de falsas, se presupone que todas son igual de problemáticas. Entiendo que ese punto de vista puede resultar muy cómodo, pero me parece que está profundamente equivocado.

Por supuesto es fácil señalar el peligro de las sectas destructivas tipo Wako, o los movimientos radicales estilo Quicos, pero incluso dentro de las religiones normales puede (y debe) señalarse que algunas son especialmente peligrosas. Es una verdad desagradable, y suele aparejar acusaciones de eurocentrismo, pero a estas alturas no me irá de una cana más o menos así que ya podéis empezar a apedrearme.

Sí, hay religiones más peligrosas que el resto. En particular el Islam y los cultos evangélicos. Y su peligrosidad nace de su incapacidad para el cambio.

He mencionado en alguna ocasión que las iglesias católica, anglicana, luterana y, en menor medida, la ortodoxa, tienen una razonable capacidad de adaptación a las circunstancias sociales. En general van a remolque de los cambios, pero aunque sea a rastras, cambian. Para que eso pueda suceder, se requiere una autoridad que ratifique y consolide esos cambios. En el caso de Roma dicha autoridad reside en el Papa y los Concilios. Los anglicanos fían su autoridad en la Corona, los luteranos en los acuerdos episcopalianos y los ortodoxos en la autoridad de los patriarcas. Luteranos y ortodoxos (sobre todo los últimos) tienen el problema de no tener una cabeza visible y centralizada, de ahí que, por comparación, los cambios resulten mucho más rápidos y drásticos en las dos primeras iglesias. Sobre todo en la anglicana, que no tiene que lidiar con cientos de realidades sociales, como le sucede a Roma.

En vida de Mahoma, él era la autoridad central del Islam: su peso civil y religioso era incontestable. A su muerte la situación se volvió más compleja. Idealmente, la Ley de Dios sería interpretada por el Califa, que a su vez velaría por que la Ley del los hombres se ajustara a la Palabra. Palabra que en principio no era inamovible, dado que Mahoma no dejó escritos como tales y la recopilación definitiva de sus enseñanzas y diversas tradiciones orales asociadas no tuvo lugar hasta el tercer califato.

Sí, el Corán no es obra de Mahoma, sino de sus seguidores.

La figura del califa, en cualquier caso, debería haberse convertido en la cabeza del Islam, como lo es el obispo de Roma en el catolicismo o, en tiempos, el Patriarca de Constantinopla. Pero, al margen de las disensiones y el establecimiento de califatos independientes* (como el de Córdoba), el califa nunca pudo asumir ese papel por la inexistencia de un clero organizado. No hay monjes, sacerdotes, obispos… que se superpongan al tejido social, dando validez a la autoridad central. La falta de esta estructura eclesial impidió que los califas tuvieran un poder real sobre la sociedad, siendo enseguida usurpado su título por los gobernantes, los sultanes, que reunieron en sus manos el poder religioso y el civil, haciéndolos indistinguibles.

Eso tuvo un doble efecto pernicioso. Por un lado descabezó de forma efectiva al islam como comunidad religiosa, imposibilitando una adaptación al cambio de los tiempos. Por el otro cortó de raíz cualquier posibilidad de establecer una legislación ajena a la autoridad religiosa, impidiendo así el nacimiento de una sociedad civil.

Pensemos en la Europa Medieval. Por un lado hay un poder real, el de reyes y nobles, al que se suma el de los gremios y, poco a poco, el de las casas de banca (que juntos serán el germen de la burguesía) y otro religioso, a su vez amparado por la jerarquía y las posesiones de la Iglesia. El Papa dispone de un poder efectivo que oponer a los poderes seculares, y eso garantiza hasta cierto punto su independencia de los mismos. Este equilibrio posibilita que tomen forma una serie de estructuras legales civiles, no religiosas (pensemos en las cortes de Aragón, y su célebre juramento Nos, que valemos tanto como vos, y juntos más que vos…) que, al menos de nombre, obligan a todos y no pueden modificarse de forma arbitraria, por estar implicados muchos poderes. Ésas características permitieron el salto social y económico de la Alta Edad Media y, posteriormente, del Renacimiento. Y es en ese intervalo de cuatro siglos cuando las sociedades europeas dejan atrás a las sociedades islámicas, incapaces de cambiar.

¿Porqué la ciencia y la tecnología islámicas se estancan después de un arranque brillante y arrollador? Porque sin una estructura educativa como la que se construye bajo la autoridad de la Iglesia, no es posible establecer una burocracia civil, ni una legislación que ampare el comercio y la banca de forma efectiva. La sociedad islámica está sujeta al capricho de su gobernante. Imaginemos un próspero tintorero en Estambul: podría beneficiarse de mejores métodos de producción, pero el Cadí o el Visir saben que ese negocio da pingües beneficios, así que le multiplican por diez los impuestos, o incluso deciden adueñarse de todo acusando al dueño de impiedad. El afectado nada puede hacer frente a una autoridad absoluta, que une la ley de Dios a la de los hombres. El resto de tintoreros no va a apoyar a su compañero porque no hay una estructura gremial, para ellos sólo es un competidor descabezado. En esas condiciones el solo hecho de destacar es peligroso, y las actividades económicas tradicionales (agricultura, perfumería, forja, telares, comercio…) no tienen incentivos para el cambio. El tintorero de Estambul seguirá usando los mismos métodos siglo tras siglo. Tampoco hay incentivo social para el estudio, fuera de la astronomía**, y sin universidades (auspiciadas, no lo olvidemos, por el poder religioso), ni intercambio de conocimientos, la ciencia islámica se queda atascada en sus raíces. Como toda la sociedad.

Eso por lo que se refiere al cambio social o económico, pero ¿porqué no hay evolución religiosa? Después de todo hay, al margen de la autoridad del monarca, algunas autoridades religiosas, muftis y mulás. Pero éstos no son un clero organizado, sino figuras locales, y aunque se presuponen algunos requisitos para ser considerados como tales, a la hora de la verdad todo se traduce en tener prestigio y don de gentes. Cada mufti es una autoridad separada, de ahí que las Fatwas (mandatos) tengan un caracter igualmente local y no vayan más allá del área de influencia de quien las emite.

Dicho sea de paso, las fatwas no son órdenes inspiradas por Dios, sino interpretaciones de su palabra. Un mufti, en realidad, es una suerte de árbitro a quien se consulta en caso de duda. Lo que no les impide hacer declaraciones grandilocuentes e incendiarias, y llegamos al punto más importante de mi planteamiento.

Un mufti puede emitir una fatwa condenando, por ejemplo, a cualquier mujer que de la mano a su marido en la calle, porque no hay ninguna autoridad sobre él que pueda impedírselo. Lo único que le limita es el texto del Quran, y éste es, en esencia, un código de leyes para un pueblo de pastores del siglo XV. Así que puede opinar prácticamente sobre cualquier cosa y darle peso legal, al menos hasta que otro mufti de superior autoridad dicte otra cosa. Y a su vez lo que dicte ese mufti podrá ser puesto en entredicho por el siguiente. Y esa rueda sin fin hace imposible cualquier evolución religiosa, porque ningún cambio toma caracter permanente.

En esencia y en forma, el pensamiento religioso islámico es EXACTAMENTE el mismo hoy que hace catorce siglos. Sin cambios. Y las sociedades islámicas eran prácticamente las mismas hasta bien entrado el siglo XX, cuando el final del colonialismo europeo las lanzó de nuevo al mundo.

* Los cismas califales, pese a su espectacularidad, no son sino la lógica consecuencia de la expansión territorial del Islam. Los diversos cismas cristianos descentralizaron la autoridad religiosa, pero en el caso del Islam ésta ya había desaparecido como tal antes de las rupturas.
** El prestigio de los astrónomos en el islam antiguo se basa en la necesidad de ajustar los calendarios lunares que guían la vida religiosa y la agricultura.

INCREÍBLE PERO MENTIRA: Un Dios bondadoso

Uno de los puntos que más enfatizan los cristianos de toda tendencia es la amorosa personalidad del creador. Nuestro dios, proclaman sonrientes, es un Dios de Amor. Un padre que se preocupa por sus hijos, severo ante sus faltas, pero lleno de bondad.

El problema es que, en el antiguo Testamento, Yahvé se pasa el día castigando y masacrando. Masacres MUY grandes. Así, ordena a Saul marchar contra los amalecitas… 

Ve ahora, y ataca a Amalec, y destruye por completo todo lo que tiene, y no te apiades de él; antes bien, da muerte tanto a hombres como a mujeres, a niños como a niños de pecho, a bueyes como a ovejas, a camellos como a asnos.

Y cuando los samaritanos le ofenden (por rendirle culto, OJO)…

Samaria tendrá su castigo, por haberse rebelado contra su Dios. Serán pasados a filo de espada; sus niños serán estrellados y reventadas sus mujeres encintas.

Como estas, hay mil en la Biblia. Los creyentes las soslayan con un lo estás sacando de contexto (quisiera saber en que contexto queda bien reventar mujeres encintas) o es una metáfora (pero no son capaces de decirte cual es el chiste, digo el significado oculto)

Entonces, y para demostrar qué bueno es el Señor, subrayan que Jehová no acepta sacrificios humanos, como los dioses paganos*. Y mencionan la historia de Abraham y el sacrificio de Isaac, con el ángel acudiendo en el momento en que Abraham se pone intenso con el cuchillo, dando voces de ¡quieto parao!

Aquí quería yo llegar, porque si se leen atentamente las partes más antiguas de la Biblia la historia de Abraham adquiere una dimensión muy diferente.

Hay tres pistas al respecto. Una es la historia de la hija de Jefté (libro de los Jueces). Jefté debe ir a la batalla y se procura el apoyo del señor prometiendole un sacrificio.

Si entregares a los amonitas en mis manos, cualquiera que saliere de las puertas de mi casa a recibirme, cuando regrese victorioso de los amonitas, será de Jehová, y lo ofreceré en holocausto.

Resulta que la que sale es su única hija, y Jefté no quiere, pero ella dice que por mucho que le pese debe cumplir su palabra, y le pide un plazo para llorar su virginidad (ya que nunca conocerá varón ni tendrá hijos, luego su sangre se perderá) y él ,transido de dolor, se rasga las vestiduras… etc.

Los teólogos le han dado mil vueltas a esta historia y la han justificado como un error de traducción, diciendo que lo que quería decir la Biblia es o lo ofreceré en holocausto. Y entonces dicen en realidad Jefté ofreció a su hija al servicio al templo. Lástima que no hubiera templo en esas fechas, que el tabernáculo no aceptara mujeres entre sus paredes y que la definición de holocausto sea sacrificio en que se quemaba toda la víctima. Y ¿porqué iba a sentirse hundido Jefté por consagrar a su hija a Dios? Más cuando se menciona después que las hijas de Israel acudieron a endechar a la muchacha, y una endecha es un canto fúnebre con lamentos.

Podemos marearlo, pero para que la muchacha se haga monja no basta cambiar y por o.

El segundo punto de sospecha es la actitud de Abraham, que no se sorprende cuando Dios le pide la vida de su hijo. Por como actúa, le parece natural (en cambio no se lo  pareció tener un hijo a los 100 años)

Pues no, no tiene motivo para sorprenderse. Porque en el Libro hay, no uno, sino dos decálogos. Los diez mandamientos tal y como los conocemos parecen haber sido redactados durante la etapa babilónica, cuando se recopilaron el conjunto de tradiciones, mitos propios y aportes de otras mitologías que forman la Biblia tal y como la conocemos. En cambio el primer decálogo** parece corresponder a la época en que Israel era un pueblo de pastores seminómadas, e incluye perlas como

34:19 Todo primer nacido, mío es; y de tu ganado todo primogénito de vaca o de oveja, que sea macho.

Llegamos al quid de la cuestión. Esta línea, la miremos por donde la miremos, iguala a los primeros nacidos con los primogénitos del ganado. Y los iguala como ofrendas a Dios, es decir, Dios exige el sacrificio de los niños primogénitos. Y tras esa línea hay otra:

Pero redimirás con cordero el primogénito del asno; y si no lo redimieres, quebrarás su cerviz. Redimirás todo primogénito de tus hijos.

Lo que, traducido, significa, aceptaré un sacrificio sustitutorio para asnos y niños***. Y de paso se subraya que el sacrificio referido al principio es de sangre: quebrarás su cerviz.

Un creyente, que acepte la verdad literal de la Biblia, debería interpretar que su Dios, el amoroso, recibia con placer sacrificios humanos, y luego se le pasó el hambre de carne humana. Como esa visión de Dios no les gusta, buscan una salida dialéctica o, directamente, fingen que no ha pasado.

Un estudioso de verdad, no un creyente ciego, ve aquí una evolución del pensamiento religioso, como consecuencia de los cambios sociales. Tenemos un pueblo bastante primitivo, de pastores nómadas y saqueadores, que exterminan a sus vecinos por mandato divino y sacrifican a sus hijos primogénitos, igual, por cierto, que otros pueblos emparentados como los fenicios. Pasado un tiempo ese pueblo entra en contacto con otras culturas, y sus costumbres van variando. Llegado un momento el sacrificio humano a Dios deja de ser aceptable (igual que pasó entre los romanos, por cierto) y se introduce un sacrificio de reemplazo.

La historia de Abraham muestra dos reemplazos: por un lado el patriarca impone la circuncisión, que no es sino un sacrificio simbólico. Por el otro Isaac es redimido a cambio de un cordero. El mito abrámico no es un testimonio de la bondad de Dios sino la justificación, a posteriori, de un cambio de actitud.

Esto es lo esperable para cualquiera que estudie la historia de las sociedades: el sacrificio humano es una característica de las fases primitivas, y desaparece a medida que la vida humana va cobrando valor, social y económico. No hay nada que malinterpretar en la Biblia, salvo que se use como justificación para todo y se insista en que es palabra revelada. Los malentendidos surgen ahí, al intentar endulzar un montón de atrocidades para revestirlas de piedad, y disfrazar a una deidad furiosa y vengativa con unos atributos de amor que no son mencionados ni una sola vez en todo el texto veterotestamentario.

Si de verdad queréis disfrutar de su lectura, leedla con ojos estudiosos, no recitéis como borregos. No son un montón de frases hechas, sino unos textos llenos de interés…

… para una mente crítica

*En realidad, salvo algunas deidades semíticas como Baal o los cultos celtas o germanos, no hay demasiados dioses paganos que exijan sacrificios humanos. No los dioses heleno-romanos, ni los egipcios, ni las deidades babilónicas.

** Los estudiosos lo consideran así porque el primer mandamiento es coincidente en ambos casos: No Adorarás a otro Dios.

***Puede parecer una estupidez pero no lo es: el asno es un animal que trabaja, muy, muy valioso.